sábado, 29 de octubre de 2011

Besos, ¿qué hay detrás? ¿Por qué nos besamos? ¿Sómos los únicos mamíferos que lo hacen? ¿Cuáles son las diferencias culturales? El beso es adictivo. Como una droga.

Besos, ¿qué hay detrás?
¿Por qué nos besamos? ¿Sómos los únicos mamíferos que lo hacen? ¿Cuáles son las diferencias culturales? El beso es adictivo. Como una droga. 
El País, Madrid
 

LUIS MIGUEL ARIZA  
Kiki Hanafilia, una joven indonesia de 17 años, y Anis Saputra, de 24, paseaban como una pareja de enamorados por una hermosa zona boscosa tropical en Lhoong, Indonesia, el 22 de octubre de 2010, cuando un pescador local que caminaba por allí les vio besarse. El hombre corrió para avisar a los residentes locales, quienes acudieron al lugar de los hechos y comprobaron que la pareja se cogía de la mano y besaba. Kiki y Anis fueron llevados a juicio, acusados de violar la sharía o ley musulmana por comportamiento indecente. La sentencia llegó el 9 de diciembre de ese año y se cumplió un día después: ambos fueron sometidos a ocho latigazos frente a cientos de testigos, junto a la mezquita de Al Munawarah, en la localidad de Jantho. El fiscal general del tribunal que los juzgó, Deby Rinaldi, indicó a la agencia de noticias Jakarta Updates el agravante de la pena: ambos estaban casados. "El chico, Anis, tenía una esposa embarazada de siete meses; la mujer estaba casada, aunque su matrimonio había entrado en vías de separación".
El beso en público está penado por la ley en Indonesia. Los extranjeros denunciados por besarse podrían enfrentarse a cinco años de cárcel; los locales, hasta 10 años, con multas de hasta 33.000 dólares, indica la novelista y actriz británica Lana Citron en su obra A Compendium of kisses (Harlequin Books). Y no es el único país. Charlotte Lewis, una británica de 25 años, fue sentenciada en 2010 a un mes de cárcel en Dubai por besar a un ejecutivo en público en la mejilla -según su abogado- y acariciarle la espalda. En la India, el beso en plena calle sigue siendo un tema tabú, y resulta extremadamente raro observar a las parejas besándose a la vista de todos. La multa en Delhi es de unos 12 dólares. Siendo el beso una de las manifestaciones más antiguas de la humanidad (las referencias escritas sobre los besos en la boca ya aparecen en los textos indios en sánscrito hace más de 2.000 años), resulta paradójico comprobar que no es universalmente aceptado. En China, el periódico Daily advirtió en 1990 a sus lectores que la costumbre de besar había sido traída por los "invasores europeos" y la describía como "una práctica vulgar rayana en el canibalismo". En Sudáfrica va contra la ley que los menores de 16 años hagan una manifestación pública de afecto. Los nepaleses no se besan. El beso a la vista de todos no está bien visto en Oriente Medio, aunque países como Turquía o Líbano son más tolerantes, indica Citron. En nuestra cultura occidental sí es habitual; besamos a nuestros hijos o a las personas que amamos, besamos los cuerpos de los familiares difuntos antes de ser enterrados, besamos en la mejilla como una forma cortés de saludo. Pero cuando se explora en profundidad, el beso humano y todo lo que le rodea se envuelve en un halo de misterio. No siempre ha sido así.
¿De qué estamos hablando exactamente?
Hagamos el retrato robot de un beso. Primer paso: giramos la cabeza. Dos terceras partes de las personas lo hacen hacia la derecha antes de besar a su compañero o compañera en la boca, de acuerdo con los estudios. ¿Por qué? Según el psicólogo alemán Onur Gunturkun, el 80% de las madres acunan a sus hijos contra su costado izquierdo, sean diestras o zurdas, por lo que los bebés tienen que girar su cabeza hacia la derecha para encontrar el alimento y el contacto maternal. Segundo paso: juntamos y presionamos nuestros labios con los de él o los de ella. Claro que los labios humanos, en el reino animal, son muy raros, carnosos y vueltos hacia afuera. Y muy sensibles e inervados. En la corteza cerebral que recibe la información de los sentidos, la superficie dedicada a los labios y la lengua es más grande que la de los pies o los genitales. Tercer paso: un buen beso requiere todos los músculos faciales, en total 34, además de otros 134 músculos extra que configuran la postura en el resto del cuerpo. Una ópera llevada a cabo en la Universidad de Taiwán en 2007 por robots que se besaban requirió tres años de programación. En los besos con lengua (el llamado beso francés) hay, además, intercambio de saliva. Y en un solo mililitro de saliva anidan unos cien millones de bacterias, un intercambio superlativo de microbios (la saliva tiene también microbicidas que acaban con la mayor parte de estas bacterias ajenas). Este tipo de beso representa el erotismo que nos caracteriza, el juego para sublimar el mero acto sexual. Pero... ¿somos los únicos en practicarlo?
"No podría darle una respuesta concluyente", asegura Lana Citron a El País Semanal. "Los amantes de los animales están convencidos de que sus mascotas entienden el afecto y la comunicación con los humanos. Pero cuando nos preguntamos por qué besamos de forma tan sexual no podemos afirmar que suceda lo mismo en el mundo animal". Citron describe el caso de los bonobos, el chimpancé más cercano a nosotros en su comportamiento: ellos también saben lo que es besar usando la lengua como un instrumento de exploración. Practican el beso francés (además de muy variadas posturas sexuales, incluyendo la de cara a cara), y a veces sus intensos besos se prolongan doce minutos. Algunos investigadores han puesto en tela de juicio que el beso sexual de los bonobos sea innato, al haberse observado en cautividad. ¿Podrían haberlo aprendido de nosotros... detrás de los barrotes? Para el prestigioso antropólogo Frans de Waal, que ha estado observando a los bonobos desde hace años, estos monos son mucho más sofisticados. Usan el beso como un elemento de excitación sexual. Los otros chimpancés, en cambio, se besan casi de forma platónica e inocente después de una trifulca. El beso, escribe este experto en su libro La política de los chimpancés (Alianza Editorial), "se parece a una picadura. Parece que podrías hacer algo peligroso, cuando en realidad no es así, sino que te coloca en una posición muy vulnerable". Sí, los besos son etéreos y contradictorios y quizá surgieron como una forma de comunicación afectiva.
No sabemos si los primeros humanos se besaban ya hace un millón y medio de años, cuando surgieron los primeros Homo erectus en África. No hay nada parecido al fósil de un beso. Y sin embargo, según las encuestas, la gente recuerda el 90% de las cosas que ocurrieron con sus primeros besos con más precisión incluso que sus primeros encuentros sexuales. Los besos dejan una huella vívida en la memoria. Se ha argumentado que surgieron como una consecuencia de la técnica de alimentación que muchas aves y mamíferos tenían con su descendencia, despedazando el alimento entre sus picos o fauces para dejar los pedazos en la boca de sus crías. Pero el asunto evolutivo del beso es intrigante. Para el antropólogo Vaught Bryan, de la Universidad A&M, en Tejas (Estados Unidos), no es algo innato, sino aprendido. "Si así fuera, todo el mundo lo haría. Y no es el caso", indicó a la revista australiana Cosmos. Algunos pueblos africanos nunca se besan en la boca porque consideran que es la puerta de acceso al alma, por lo que uno podría robar el aliento vital durante un beso. Y los indígenas de la isla de Mangaia, en el Pacífico Sur, tenían fama de ser magníficos amantes, pero desconocían completamente el beso hasta que llegaron los europeos en el siglo XVIII. Igual que los aborígenes australianos.
En Europa se ha visto de muy distinta manera. "Las prácticas del beso cambian con la época, especialmente en Inglaterra. Cuando era una niña, el beso como saludo era algo desconocido. Y en Alemania, hace poco oí el argumento de que los alemanes no usaban el beso como saludo, pues no era una costumbre alemana, y hablaban incluso de prohibirlo en las oficinas. Al bucear en la historia descubrí que en Inglaterra el beso para saludar se daba directamente en los labios", explica Citron. Al igual que en el resto de Europa en los siglos XV y XVI. Una carta escrita en 1544 por el poeta italiano Annibale Caro describe cómo los hombres besaban a las mujeres en los labios en la recepción que el rey español Carlos I dio en Bruselas en honor de la reina francesa Eleonora. Dos siglos después, el saludo en los labios desapareció. "Tiene que ver con la manera en la que la Iglesia católica contemplaba el beso", asegura esta novelista británica. En el momento en el que las autoridades eclesiásticas restablecieron las leyes contra la homosexualidad, los besos de saludo entre los hombres en los labios quedaron prohibidos. Y aunque el Kamasutra oriental describe los tipos de besos más eróticos y hermosos, el beso sexual es relativamente más moderno en Occidente. "Antes, la mayoría de las personas tenían muy poca higiene dental, por lo que se entiende que no resultara tan atractivo besar tal y como lo entendemos ahora", dice Citron.
El beso en el catolicismo tiene una carga ritual y religiosa innegable: se besan los pies de Cristo y los de los antiguos papas, o su anillo, o los objetos sagrados; o el pontífice besa la tierra del país que visita... Su abanico de connotaciones abarca incluso la traición -el beso de Judas en la mejilla de Cristo para identificarle ante los soldados- o la compasión. El beso a los leprosos estuvo de moda ente los nobles y religiosos medievales europeos y alcanzó su apogeo entre los siglos XII y XIII. Se dice que los guerreros templarios en Jerusalén interrumpían sus matanzas para besar las manos de los leprosos, lo que les acercaba a Dios. "Culturalmente, el beso se extiende a lo largo de todo el espectro de lo bueno y lo diabólico, desde el beso que da la vida hasta el de la muerte", dice Citron. Como el llamado osculum infame, el beso de la culpa, asociado a las orgías, el canibalismo o los rituales de infanticidio, y el beso en el recto del diablo, que servía para catalogar a una mujer como bruja en los terribles manuales del siglo XV.
Pero, ¿por qué besamos? El beso es adictivo. Como una droga. Nos gusta. Las pupilas se dilatan. El cerebro se ilumina. Según la neurocientífica Wendy Hill, del Colegio Lafayette en Pensilvania, los niveles de cortisol descienden. Se aleja el estrés. Pero, ¿y si el primer beso no nos gusta? La relación romántica cae hecha pedazos. Un estudio mostró que el 66% de las mujeres y el 59% de los hombres no empezaron una relación romántica por el desencanto del primer beso. Así que es posible que el beso sirva para obtener información mutua. El intercambio de saliva podría permitir que el hombre pasase cantidades de testosterona a la mujer para estimularla y hacerla más receptiva al acto sexual. Los besos también podrían ser una forma de selección femenina mediante el olfato (el beso esquimal no consiste, como se suele creer, en rozar las narices, sino en olfatear las mejillas).
El biólogo Claus Wedeking, de la Universidad de Laussane, en Suiza, saltó a la fama por su clásico "experimento olfativo de las camisetas sudadas". Demostró que las mujeres preferían el sudor dejado por aquellos hombres cuyos genes inmunológicos (MHC) eran diferentes a los de ellas (lo que garantizaría hijos más sanos). En una repetición de este curioso experimento, Craig Roberts, de la Universidad de Liverpool, comprobó que las mujeres que tomaban regularmente la píldora ¡hacían justamente lo contrario! Les atraía el olor de los hombres cuyos genes MHC eran más parecidos a los suyos. Esta selección no funcionó "cuando ellas tomaban la píldora, ya que eso pervierte el instinto natural del cuerpo", indica Citron.
El propio Wedeking ha comentado que la píldora produce una simulación del embarazo, y que a las mujeres embarazadas les gusta rodearse de gente con el mismo ADN, un ambiente familiar donde encuentran más seguridad.
Lana Citron, que lleva un par de años investigando todos los asuntos relacionados con el beso, no lo duda: "Puedo decir de forma inmediata si un beso va a funcionar o no. Para mí, la sexualidad es algo muy dependiente de a qué huele y a qué sabe la otra persona".

'Rayuela' y 'La Regenta'
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS  
Julio Cortázar era hijo de las vanguardias y nieto del romanticismo. No es, pues, extraño que uno de los besos más famosos de la literatura en español saliera de sus labios. Lo dibujó en el célebre capítulo séptimo de Rayuela. Dice: "Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo...". Es imposible glosar la poesía sin desfigurarla, pero diremos que los amantes se miran. Tan de cerca, que "las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio".
Pero también las letras tienen su cara B. Así, la bofetada en la mejilla de Rayuela la escribió Leopoldo Alas en la línea final de La Regenta. Si el erótico beso de Cortázar es puro romanticismo, el de Clarín es realismo sucio. No es casual, por supuesto, la elección de un momento como ese para cerrar un libro. La historia que había comenzado mil páginas atrás en la torre de la catedral termina en la negrura del templo. Tras cruzar sus amores con un marido, un amante y un cura, Ana Ozores se desmaya en una capilla. Allí la encuentra Celedonio, un acólito escuálido y "afeminado" que lleva la sotana sucia. Cuando ve a La Regenta tendida en el suelo siente lo que Clarín llama "deseo miserable", "perversión de la perversión de su lascivia". Y le besa los labios. Al instante, Ana vuelve a la vida "rasgando las tinieblas de un delirio que le causaba náuseas". Había creído sentir en la boca el contacto del vientre de un sapo. 

Como si fuera esta noche la última vez
DIEGO A. MANRIQUE  
No se esfuercen en buscar insólitos besos musicales: ni la zarzuela La leyenda del beso ni el orgásmico Kiss kiss kiss, de Yoko Ono. Los besos más sugerentes y universales proceden de México. Exacto: Bésame mucho. Mexicana, pero universal: no hay otra canción que haya sido interpretada por Sinatra, Nat King Cole, Elvis, los Beatles ¡y Kylie Minogue! Puede que ellos no apreciaran todos los matices del tema, más allá de su sensualidad tropical. Ignoraban que el bolero funciona, ustedes lo saben, como el gran corruptor de mayores. El morbo de Bésame mucho aumentaba con el dato de que su autora era menor de edad cuando lo compuso en 1942.
Fantasía total, por tanto. En su hogar católico, Consuelito Velázquez escuchaba que besar era pecado. Inevitablemente, convirtió el beso en objeto de su incipiente calentura. En la canción popular, 'besar' suele ser un eufemismo para la intimidad sexual completa. En el caso de la señorita Velázquez, jamás abrazada amorosamente, los besos son exactamente eso, ósculos.
Al piano, inspirada por una partitura de Granados, Consuelo esculpió sus anhelos. Asumía la fragilidad de las relaciones -"que tengo miedo a perderte / perderte después"- y añadía un toque de cosmopolitismo, con la sugerencia de un viaje obligado: "Piensa que tal vez mañana / yo ya estaré lejos / muy lejos de aquí".
Tiene lógica que Bésame mucho haya llamado la atención de tantos latin lovers, desde Lucho Gatica hasta Luis Miguel, pasando por Pedro Infante o Julio Iglesias. El bolero, después de todo, es arma esencial de los seductores. Y sin embargo, un intérprete sensible puede apartar tantas capas de mentiras. Paladeen el Bésame mucho de Joâo Gilberto o el de Carmen McRae. Allí redescubrimos el deseo, la urgencia, el ardor virginal de Consuelo Velázquez. 
'Encadenados' en un beso perfecto
BORJA HERMOSO  Una sombra que viene, el demonio se acerca vestido de esmoquin; una botella de borgoña que cae -Pommard del 39, palabras mayores-, el peligro acecha; una respiración entrecortada y un roce de cuerpos en la penumbra como preámbulo a una de las mezclas más dañinas: la de las palabras 'amor' e 'imposible'; el uranio nazi en el suelo, la esvástica merodeando en la decadente mansión de Río, un agente secreto, una mujer desvencijada en el cruce de caminos que lleva a ninguna parte... "Nos ha visto, nos ha visto"... Y llega el beso. El beso.
Subjetiva como un capricho, pero a la vez basada en la evidencia empírica de cada visionado (de cada obsesivo visionado), es la opinión de que el beso infinito entre Ingrid Bergman y Cary Grant en la película Encadenados, obra maestra de Alfred Hitchcock, es el mejor de la historia del cine. Se diría que estamos ante el arquetipo del beso perfecto ('arquetipo', en la RAE: "Modelo original y primario en un arte u otra cosa"): rostros inclinados en leve pendiente en busca del acoplamiento perfecto, ese indefinible aturdimiento a medio camino entre el placer y el drama, esos mares de deseo ondulando sus mareas cambiantes, ese pensar en lo que vendrá y, alrededor, como guata hecha de aire, esa neblina de cine antiguo sobre las cabezas de los enamorados. El viejo recurso cinematográfico del "nos han visto, te voy a besar para que crean que somos una pareja atolondrada" acaba aquí retorcido por el maestro y reconvertido en principio y fin de su magistral relato. El nazi les ha visto, sí. Se besan, sí. Pero cuando uno ve el rostro de Alicia chillando en silencio "¡Por fin, por fin, Devlin!", lo entiende todo. Un beso de fingimiento y a la vez de confirmación. El amor imposible deja de serlo, simplemente queda aplazado. La vida vuelve a donde debía. Por un beso perfecto.

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