miércoles, 16 de febrero de 2011

El primer revés de las aulas digitales


El primer revés de las aulas digitales
El presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, se tomó en serio la llegada del ordenador a las aulas españolas. Pero apenas dos años más tarde de su inicio, sufre su primer revés. Cataluña, considerada en su día el modelo a seguir, abandona el programa aduciendo problemas financieros. Es la primera fuga. Podría no ser la última.
AUTOR | Xavier Pujol Gebellí

El modelo catalán de digitalización escolar, por el que cada alumno recibía un ordenador portátil, acaba de topar con la cruda realidad: las finanzas catalanas no dan para más, por lo que el programa iniciado hace poco más de dos años entra en barbecho. Lo iniciado, según comunicó Irene Rigau, la consejera catalana del ramo, a Ángel Gabilondo, Ministro de Educación, de momento se mantiene, pero no habrá nuevas oleadas de ordenadores pese a que el gobierno central español tiene consignada la partida en sus presupuestos. Representa ésta la primera gran fuga del programa diseñado por Rodríguez Zapatero. Y quien sabe si van a seguir otras. 

El modelo catalán, en el que se han inspirado otras comunidades autónomas para redactar programas similares, previó una entrada masiva del ordenador en las aulas, aunque planteada en distintas etapas. Para el curso actual, el objetivo se centraba en alcanzar los 100.000 ordenadores librados a los alumnos y en la promoción del contenido digital, una ardua tarea de convencimiento a los grupos editoriales para que se incorporasen al proceso. En paralelo, los responsables del programa estaban, y siguen ahí, trabajando para mejorar las infraestructuras tecnológicas de acceso y razonaban la oportunidad de acompañar el desembarco informático de la pizarra electrónica. 

Aunque ahora se hayan aducido problemas de índole económica, a nadie escapan otros dos factores que sin duda han influido en la decisión. Por un lado, el cambio de color político en el gobierno catalán; por el otro, la enorme resistencia al cambio que se ha observado durante estos dos años de experiencia que han acabado traduciéndose, según la consejera catalana, en la necesidad de propiciar "un parón" para evaluar resultados y definir futuras estrategias.

Sea cual sea la intencionalidad política o el momento económico, que a buen seguro subyacen en la decisión final, lo interesante del caso radica en el análisis de las resistencias. Las cuales, dicho sea de paso, no se han observado sólo en Cataluña. También en la Comunidad de Madrid, donde el programa de momento sigue vigente, han surgido aspectos que, si bien no cuestionan la globalidad del programa, sí que ponen en duda su viabilidad en términos efectivos.

Los puntos críticos, a uno y otro lado del Ebro, son extraordinariamente similares. Más allá de las soluciones adoptadas en cada caso, el primer elemento discordante tiene que ver con la tecnología. En particular, con los accesos a Internet. La realidad indica que las escuelas españolas, por norma general, no están preparadas para soportar el intercambio masivo de datos que supone tener un par de cientos de ordenadores, cuando no más en los centros con mayor número de alumnos, conectados al mismo tiempo a la red. Para decirlo de forma simple, los centros no están preparados para ello. ¿Debe achacarse a una falta de previsión? 

Por otro lado, se ha detectado un enorme déficit en lo que refiere a contenidos digitales. Aunque en número ha crecido el número de editoriales que se han incorporado a la dinámica digital, en una buena parte de los casos la solución empleada no ha sido otra que la de volcar los contenidos editados primariamente en papel sin añadir valor al proceso. Está claro que los contenidos educativos a los que se tiene acceso, al menos en un gran número de casos, no han sido ni pensados ni diseñados para el medio, por lo que el instrumento, el ordenador, se queda forzosamente lejos de poder cumplir su función pedagógica. En este punto, la razón que esgrimen los responsables de distintos programas es la resistencia al cambio que ofrecen los grandes grupos editoriales, en particular, los que sustentan parte de su negocio en el libro de texto. 

Pero hay más resistencias, además de la tecnológica y la editorial, que dificultan el proceso. Tras dos años se constata que el profesorado no está debidamente preparado para interactuar con los alumnos con el ordenador de por medio. Dicho de otro modo, que no saben. Y lo que es peor, que no saben cómo saber. También entre los padres se observan reticencias, según distintos informes, aunque en este caso es por falta de comprensión acerca del cambio de modelo educativo. El principal, sin embargo, es la falta de un modelo educativo suficientemente pensado, debatido y consensuado. 

Al otro lado de la barrera se encuentran los que defienden la idoneidad de la apuesta. Entre ellos, un buen número de profesores que advierten mejoras en la comunicación con los alumnos y en la enseñanza de algunas materias, de asociaciones de padres que se alinean con esta opinión y de pedagogos que entienden que la escuela no puede quedarse rezagada con respecto al ritmo de lo que sucede a extramuros. Ello obliga, señalan, a una profunda revisión de sistemas y modelos lo cual, a su juicio, representa una oportunidad para modernizar estructuras y mecanismos. 

Pero el cóctel es el que es. Resistencia al cambio, corporativismo y probablemente, falta de previsión. Súmenle la falta de liquidez en las cuentas de muchas comunidades autónomas y las discrepancias políticas, y ahí tendrán el resultado final. Un resultado por cierto, que pronto deberá ser revisado si no se quiere nadar a contracorriente. Pero de momento, Cataluña se apea mientras muchos se preguntan quienes serán los siguientes, porque indicios ya hay. ¿Apostamos?

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