miércoles, 24 de diciembre de 2014

El libro murió, pero persiste, como un zombi.

El libro murió, pero persiste, como un zombi. Nunca se editó tanto como en la
actualidad: sin contar las ediciones digitales, la cantidad de ejemplares
impresos en papel supera todo lo conocido hasta ahora. Además, nunca se leyó
tanto como en nuestra época: no sólo porque somos muchos más de lo que nunca
fuimos antes, sino porque absolutamente todo está escrito. Además, nunca
dedicamos tanto tiempo a leer.

Sin embargo, y a pesar de la masificación de la lectura y del auge de la
edición, ya no se leen más libros. El libro como objeto se masifica, a la vez
que el libro como concepto ha desaparecido (o está desapareciendo y sólo
sobrevive en los márgenes de la cultura contemporánea).

El libro surgió hace 500 años. Fue uno de los más grandes inventos de la
humanidad. Permitió un avance formidable en el campo de la comunicación. Antes
del libro, la cultura tuvo soportes y formas de leer mucho más precarias.

Antes de la imprenta, se leía y debatía en grupo, en voz alta, entre otras cosas
porque cada ejemplar costaba una fortuna. Ese tipo de lectura (que se extendió
desde Grecia hasta la Edad Media) no permitía imaginar historias en las que los
personajes tuvieran intimidad: para eso fue necesario que se masificara la
lectura silenciosa y se la realizara de manera individual. Esa experiencia hizo
posibles el Martín Fierro, Oliver Twist y el Ulises.

¿Qué implicaba un libro? Un mundo cerrado. Con un principio y un fin. Un mundo
completo entre dos tapas. Por cierto, ya en el libro había un anuncio de esa
otra forma de leer: la intertextualidad, que permitía leer entre libros,
conectar mundos diversos, sospechar que quizás el universo estaba abierto. Pero
para que la intertextualidad funcionara era necesario una mínima (no tan mínima)
erudición. No cualquiera era capaz de abrir un libro y saber conectarlo con
otros.

El libro no es un objeto: es una tecnología (que quedó obsoleta), una idea, una
forma de leer y una forma de estar en el mundo. Ahora nos queda el objeto, pero
vacío de sentido. Vivimos conectados todo el tiempo: ya no leemos mundos
cerrados (menos aún, entre dos tapas). Conectamos fragmentos. Leer, ahora, es
una sucesión de conexiones inconexas. Pasamos de un texto a un video, de un MP3
a una imagen: sin solución de continuidad.

Todas esas discusiones sobre los precios de los libros digitales y los derechos
de autor de los de papel pertenecen al pasado, aunque aun muevan un mercado de
miles de millones. Lo importante hoy es la forma en que ahora leemos: vivimos
conectando fragmentos de distinto tipo y soporte hasta cuando soñamos.

Internet y la vida digital nos hizo seres anfibios: vivimos en el mundo de los
átomos, pero mirando pantallas que nos colocan en el mundo virtual. Sin darnos
cuenta, somos distintos de los que éramos hace 20 años: somos los que ya no
podemos leer de la misma forma en como se hacía hasta fines del siglo XX.

Somos la simiente de la lectura tal como se la verá en el futuro próximo. Ese
futuro en el que vivir y leer serán la misma experiencia. Como ya sucede ahora.

El autor es crítico cultural.
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1754320-cuentos-de-navidad-la-esperanza-de-lo-m


"La biblioteca es el lugar del ejercicio público de la razón" Gabriel Naudé
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