domingo, 6 de marzo de 2011

Chicago


Chicago

Óscar Giménez



18 Febrero 2011
Una clase magistral de arquitectura moderna


Skyline de Chicago desde el John Hancock Center
El 8 de octubre de 1871 un incendio arrasó gran parte de Chicago, una ciudad en la que la mayoría de los edificios eran de madera. En la tragedia murieron más de 300 personas pero, al mismo tiempo, representó la oportunidad de levantar de las cenizas una ciudad nueva que supondría el nacimiento de la arquitectura moderna. La necesidad de construir edificios más grandes, seguros y lujosos, dio pie al surgimiento de la llamada Escuela de Chicago, que aportaría nuevas soluciones arquitectónicas, como osamentas metálicas sobre las que recaía el peso del edificio, amplios ventanales horizontales que ocupaban parte de las fachadas e incluso ascensores eléctricos.
La primera estrofa de Put the Blame on Mame, la canción que interpretaba Rita Hayworth en Gilda mientras se quitaba sensualmente aquellos largos guantes negros, poco antes del célebre tortazo que le estampaba Glenn Ford, se refería a la vaca que supuestamente provocó la destrucción de Chicago al dar una patada a una lámpara de queroseno.
“When Mrs. O’Leary’s cow kicked the lantern
In Chicago town
They say that started the fire
That burned Chicago down”

(“Cuando la vaca de la señora O’Leary coceó el farol
en la ciudad de Chicago
dicen que aquello comenzó el fuego
que incendió Chicago”)

Ocurrió la noche del 8 de octubre de 1871. El fuego arrasó la “ciudad del viento”, quemó más de 17.000 edificios, de madera casi en su totalidad, y mató a unas 300 personas. El incendio destruyó un área de 6,5 km2, pero representó la oportunidad de levantar de las cenizas una ciudad completamente nueva que supuso el nacimiento de la arquitectura moderna.
La necesidad de construir nuevos edificios, más grandes, seguros y lujosos, dio pie al surgimiento de la llamada Escuela de Chicago, que trajo el desarrollo de nuevas soluciones arquitectónicas, como osamentas metálicas sobre las que recaía el peso del edificio y no sobre gruesos muros de piedra, pilares de hormigón para los cimientos, amplios ventanales horizontales que abarcaban la mayor parte de las fachadas o ascensores eléctricos. Como resultado se edificaron construcciones de una altura hasta entonces inimaginable: los rascacielos.
Los primeros rascacielos
El “padre” de la Escuela de Chicago fue el ingeniero William Le Baron Jenney. Fue también quien proyectó el que se considera el primer rascacielos de la historia, el Home Insurance Company Building. Sus 10 plantas y 42 m de altura nos parecen hoy día ridículos, pero en 1885 fue toda una hazaña. Y por supuesto, una innovación sin precedentes, pues fue el primer edificio con esqueleto de hierro —incluso de acero en algunas partes del armazón—, si bien algunos de sus muros todavía desempeñaban una función de carga. Su peso era tan sólo una tercera parte del que hubiera podido tener el edificio construido con piedra. En 1890 se añadieron 2 plantas más, pero la vida del primer rascacielos de la historia no fue demasiado longeva. Fue demolido en 1931.
Daniel Burnham, Louis Sullivan y John Root figuran entre los más destacados integrantes de la Escuela de Chicago. Fueron pioneros en el desarrollo de una gran ciudad que en la actualidad constituye una delicia para los amantes de la arquitectura. Pasear hoy por las calles del Loop o la Golden Mile —tramo más comercial de la avenida Michigan—, recorrer el río Chicago en barco y ver el espectacular skyline de la ciudad desde el lago Michigan permite apreciar un gran contraste de épocas y escuelas, fruto de distintas oleadas de fiebre constructora. Edificios con decoración modernista aparecen encajados entre grandes torres de acero y cristal.
Los años veinte dejaron algunas joyas, entre ellas la Tribune Tower, un rascacielos de estilo neogótico que se levanta junto al río en la avenida Michigan y que es sede delChicago Tribune. Los dueños del diario convocaron un concurso en 1922 para construir “el edificio de oficinas más bello y original del mundo”. Los ganadores fueron los arquitectos neoyorquinos John Mead Howells y Raymond Hood.
De la misma década data el Carbide & Carbon Building, un ejemplo de arquitectura art deco con paredes de granito negro pulido rematadas por una torreta dorada. Fue construido en 1929 por los hijos de Daniel Burnham —Daniel y Hubert— con intención de que pareciera una botella de champán.
También en la avenida Michigan y del mismo año que el anterior se encuentra el Palmolive Building —antiguamente Playboy Building por acoger las oficinas de la famosa revista entre 1965 y 1989—. Sus 37 pisos lo hacen parecer un rascacielos enano entre los gigantes de los alrededores, pero constituye otro bello ejemplo de arquitectura modernista.
Los gigantes de los setenta
En los años setenta Chicago atravesó otra época de fiebre constructiva. Fue cuando se decidió levantar el rascacielos más alto del mundo y batir el récord que ostentaban hasta entonces las Torres Gemelas de Nueva York. Se trata de la Sears Tower —ahora rebautizada como Willis Tower—, que se completó en 1974 y alcanza los 442 m de altura sin contar la antena.
En realidad, se trata de una construcción formada por nueve rascacielos cuadrados de distintas alturas que forman en planta una matriz de 3×3, un diseño muy peculiar sobre el que se alzan dos grandes antenas paralelas que rozan el cielo a 527 m de altura.
Con el tiempo su plusmarca de estatura fue superada, aunque la retuvo durante tres décadas, hasta que el Taipei 101 fue concluido en la capital de Taiwán en 2004. De hecho, apenas los separan 7 m de altura. En la actualidad, la Willis Tower es el quinto edificio más alto del mundo y el mayor del hemisferio occidental.
La Willis Tower tiene fama por su altura. Sin embargo, la silueta más célebre de Chicago es la del John Hancock Center. Su arquitecto e ingeniero estructural, Bruce Graham y Fazlur Khan, respectivamente, fueron los mismos que diseñaron la Willis Tower, sólo que el John Hancock es 6 años más viejo. Sus 100 plantas y sus 344 m de altura lo convirtieron en 1968 en el rascacielos fuera de Nueva York más elevado del mundo. Sin embargo, su forma de obelisco truncado, su color negro y sus 2 gigantescas antenas lo hacen inconfundible.
El John Hancock es hoy el cuarto edificio más alto de Chicago. Primero fue superado en 1973 por el Aon Center, una mole de 346 m que recuerda mucho a las torres del World Trade Center neoyorquino. Uno año después se concluyó la Torre Sears. Y finalmente, en 2009 se acabó de construir la Trump Tower, que alberga un hotel y plantas de oficinas. Sin contar la antena, alcanza los 360 m, que lo convierten en el segundo rascacielos más alto de Chicago —y por extensión de Estados Unidos—. Sin embargo, sus aspiraciones eran mayores. La intención de Donald Trump era levantar el rascacielos más alto del mundo, pero el 11-S provocó replantear la idea original.
Otras joyas de la arquitectura contemporánea
Por sus formas y detalles, hay muchas otras construcciones de Chicago que llaman la atención. Una de ellas es el Two Prudential Plaza, un estilizado edificio que combina con armonía la piedra y el vidrio y que obtuvo un buen puñado de premios cuando se acabó en 1990.
También destacan por su original diseño las torres de Marina City, a la orilla del río Chicago, un complejo residencial y comercial que recuerda a dos gigantescas mazorcas de maíz. Se construyeron en 1964, diseñadas por Bertrand Goldberg, y son protagonistas de la panorámica del río que atraviesa la ciudad.
En la orilla de enfrente, sorprende la mezcla de lo antiguo y lo moderno en el United Airlines Building. Su esqueleto de piedra, al estilo tradicional, y sus líneas clásicas se combinan con cristal reflectante. Hay quien dice que es el rascacielos que hubieran construido los romanos si su imperio hubiera sobrevivido hasta nuestros días.
En la desembocadura del río Chicago, en el lago Michigan, encontramos la silueta solitaria del Lake Point Tower, construido en 1968 y que fue en su día el edificio más alto de apartamentos del mundo. Su peculiar forma de planta curva, inspirada en un diseño ideado para Berlín por Mies Van der Rohe, hace que parezca una cortina negra de cristal.


El Chicago del futuro
Una de las últimas adquisiciones arquitectónicas de Chicago es el Millenium Park, que se inauguró en 2004. Entre sus joyas artísticas alberga el Jay Pritzker Pavillion, un escenario para conciertos y actuaciones al aire libre diseñado por Frank Gehry, arquitecto del Guggenheim, con sus inconfundibles planchas metálicas curvadas. Y también la Crown Fountain, una obra de arte diseñada por el catalán Jaume Plensa que consta de dos torres de 16 m de alto, fabricadas con ladrillo de vidrio, sobre las que cae una cascada de agua y que contienen pantallas de LED que proyectan los rostros de habitantes de la ciudad. A pocos metros se halla la Cloud Gate, una escultura de brillante acero en forma de alubia creada por Anish Kapoor donde los turistas no paran de hacer fotos a sus propios reflejos.
En los próximos años se terminarán de construir grandes edificios como la Waterview Tower, que alcanzará los 415 m, o el Hotel Waldorf-Astoria, con 386 m. Sin embargo, el proyecto de rascacielos que pretendía ser el más espectacular, el Chicago Spire, con sus 150 plantas y 610 m, se ha suspendido. Su arquitecto es el español Santiago Calatrava, quien lo diseñó con la forma de una espiral columna de humo dispuesta a alzarse sobre el resto de edificios de la ciudad. La crisis económica ha pasado factura y, por el momento, únicamente existen los cimientos. En cualquier caso, entrados en el siglo XXI, Chicago cuenta ya con un buen número de construcciones recientes que han adquirido la categoría de emblemáticas, clara evidencia de que la clase magistral de arquitectura moderna no se detiene.

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